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El valor de las palabras

Las palabras son nuestras herramientas principales, no sólo para comunicarnos y ponerle un nombre a lo que vamos conociendo del mundo, sino también para construir ideas o pensamientos, dándole forma y sonido a lo que sentimos.


“Las palabras construyen, entierran y matan” dice un pensamiento del Profesor DeRose. Muchas culturas a lo largo de la historia dieron un valor especial a la palabra hablada.

Desde la India antigua, en la que se utilizaba la vocalización de mantras para generar efectos físicos y psíquicos a través del sonido y el ultrasonido, hasta el Japón medieval, donde la expresión bushi no ichi gon refleja el compromiso de los guerreros samuráis con su palabra y su honor (una cuestión de vida o muerte).


Hoy en día encontramos especialistas que se dedican exclusivamente a entrenar a las personas para que se expresen con inteligencia en discursos efectivos, cautivantes. Y también, profesionales cuya labor es certificar y dar constancia por escrito de ciertos contratos, en los que la palabra hablada ya no es suficiente para establecer acuerdos y sostenerlos en el tiempo.


Cuando una persona es fiel a su palabra (es decir, hace coincidir lo que dice con lo que hace) gana credibilidad y confianza. ¿Cuántas veces se asume un compromiso y esas palabras sólo quedan en ideas, en sonidos, sin materializarse en hechos y acciones?


Así sea algo cotidiano, como decir “te veo a las 19” y asistir al encuentro a las 19, valorar lo que se dice es una forma de demostrar respeto. Es respeto por mí, respeto por la otra persona y respeto por la palabra en sí.


¿Cómo ser más coherentes y hacer coincidir lo que expresamos con lo que hacemos?


Estas son algunas estrategias:


  • En primer lugar, tener mucho cuidado al asumir un compromiso, apelando a la sinceridad si no se tiene la certeza de que podrá cumplirse. Es preferible decir que no desde el principio a decir que sí y luego arrepentirse.

  • Cuando se trata de transformaciones personales, comenzar de a poco y con variaciones sencillas, a un ritmo metabolizable y sin forzarse.

  • Organizar bien nuestro tiempo, utilizar una agenda (física o digital) para registrar allí todos los asuntos pendientes sin tener que depender de la memoria.

  • Si es posible, resolver en el mismo momento aquello que se está solicitando, evitando una procrastinación innecesaria. “La elegancia consiste en pagar rápido y cobrar lento.” (DeRose)

  • Entrenar la empatía todo el tiempo. Si realmente no podemos o no deseamos asistir a una reunión en la cual nos tienen en cuenta, cuanto antes avisemos, mejor.

  • Comunicarnos con mayor claridad. Podemos evitar malentendidos repitiendo o enfatizando aspectos que parecen obvios, e incluso preguntando, si no hemos comprendido totalmente un mensaje.

  • Escuchar con atención. Esta capacidad entrenable consiste en concentrarse en lo que la otra persona está diciendo, al punto de poder repetir textualmente su mensaje. Muchas veces sólo estamos esperando nuestro turno para hablar.

  • Comunicarse cordialmente con las personas que falten a su palabra, para no perder a causa de ellas tiempo, dinero, energía, etc.

  • Utilizar más expresiones positivas y constructivas. Fortalecer aquello que queremos, no lo que rechazamos. Por ejemplo: en lugar de decir “no tengo tiempo”, decir “quiero organizarme mejor”.

  • Pulir el vocabulario aumentando nuestro acervo cultural con lecturas, aprendiendo idiomas, entrenando la oratoria, recorriendo caminos artísticos de expresión, etc.

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